En 1982, el mundo occidental estaba marcado por dos líderes dominantes que compartían una misma visión ideológica: el presidente estadounidense Ronald Reagan y la primera ministra británica Margaret Thatcher. Ambos impulsaron un programa claramente de derechas, basado en la economía de libre mercado y en una firme oposición al socialismo.

Su claridad ideológica, combinada con una sólida autoridad política y un amplio apoyo público, permitió una colaboración excepcionalmente estrecha entre Estados Unidos y el Reino Unido a lo largo de la década de 1980.

Esta asociación se puso a prueba durante la Guerra de las Malvinas. En aquel momento, Argentina estaba gobernada por una junta militar liderada por el general Leopoldo Galtieri, que gobernaba mediante la represión y la supresión de la disidencia. El 2 de abril de 1982, las fuerzas argentinas invadieron las Islas Malvinas, territorio bajo control británico desde 1833. Gran Bretaña respondió de forma contundente, desplegando una fuerza operativa naval a lo largo de unos 13 000 kilómetros.

Tras más de 70 días de combates, las fuerzas británicas derrotaron al ejército argentino y recuperaron el control de las islas.

Desde entonces, el control británico se ha convertido en una realidad política consolidada. Aunque Estados Unidos nunca reconoció formalmente la soberanía británica, aceptó de hecho el control de facto de Gran Bretaña. Durante décadas, la disputa permaneció prácticamente latente, y Argentina evitó emprender medidas concretas para alterar el statu quo.

Militares argentinos de la Compañía 601 se preparan para subir a un helicóptero en el estrecho de San Carlos, durante la guerra de las Malvinas entre Argentina y Gran Bretaña, en mayo de 1982
Militares argentinos de la Compañía 601 se preparan para subir a un helicóptero en el estrecho de San Carlos, durante la guerra de las Malvinas entre Argentina y Gran Bretaña, en mayo de 1982 (credit: REUTERS)

Sin embargo, los últimos acontecimientos apuntan a un cambio. Bajo el mandato del presidente Javier Milei, Argentina parece estar adoptando una postura más firme. Milei —quien mantiene estrechos vínculos con el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro Benjamin Netanyahu— ha manifestado su renovada intención de reclamar las islas.

Esta postura fue expresada por el ministro de Relaciones Exteriores argentino, Pablo Quirno, quien pidió que se reanudaran las negociaciones bilaterales con el Reino Unido y exigió el fin del «colonialismo» británico.

Reafirmó las reivindicaciones soberanas de Argentina y rechazó la aplicabilidad del principio de autodeterminación en este caso, argumentando que los isleños constituyen una «población implantada» y no un pueblo reconocido por el derecho internacional. En consecuencia, enmarcó cualquier acuerdo futuro en torno a la integridad territorial y no a la voluntad de los isleños.

Al mismo tiempo, parece estar produciéndose un cambio sutil pero significativo en Washington. Aunque no se ha anunciado ningún cambio formal de política, Estados Unidos ha manifestado su disposición a reconsiderar su tradicional alineamiento con Gran Bretaña. Los informes sobre debates en el Pentágono relativos a una reevaluación del apoyo diplomático a la soberanía británica, junto con la apertura de Estados Unidos a las transferencias de armas que impliquen a Argentina, apuntan a un reajuste más amplio.

Estados Unidos critica la trayectoria política interna de Gran Bretaña


Este cambio emergente debe entenderse en el contexto de las crecientes tensiones en la relación entre Estados Unidos y el Reino Unido. En primer lugar, a nivel ideológico, varios responsables estadounidenses —entre ellos el vicepresidente JD Vance— han expresado críticas hacia la trayectoria política interna de Gran Bretaña, cuestionando su posición como democracia liberal líder. 

En segundo lugar, las disputas dentro de la OTAN han intensificado las fricciones, especialmente tras la exigencia de Trump de que los miembros de la alianza aumenten significativamente el gasto en defensa. En tercer lugar, y lo que es más importante, la reticencia de Gran Bretaña a participar plenamente en las acciones militares de EE. UU. e Israel contra Irán se ha interpretado en Washington como una falta de compromiso estratégico.

En este contexto, parece estar tomando forma un enfoque estadounidense más transaccional respecto a las alianzas. Tal y como ha articulado el secretario de Defensa Pete Hegseth, las alianzas ya no se consideran acuerdos unilaterales. Se espera que los aliados no solo se beneficien de las garantías de seguridad de Estados Unidos, sino que también apoyen activamente las prioridades estratégicas estadounidenses. El incumplimiento de esto puede acarrear consecuencias.

En este contexto, la cuestión de las Malvinas puede entenderse como una posible palanca de presión indirecta sobre Londres: una señal implícita de que el apoyo de Estados Unidos no es ni automático ni incondicional.

Es plausible que las recientes medidas de Argentina y Estados Unidos se hayan coordinado, al menos en parte, con Netanyahu durante la reciente visita de Milei a Israel. Para Israel, estos acontecimientos tienen una clara importancia estratégica. Ponen de relieve la profundidad de la coordinación con Washington y refuerzan la posición de Israel como socio estratégico fundamental de Estados Unidos.

En términos más generales, las renovadas tensiones sobre las Malvinas ponen de relieve cómo las disputas latentes pueden resurgir cuando se producen cambios en el equilibrio de poder. También reflejan una transformación más amplia del sistema internacional, en el que las alianzas son cada vez más condicionales, los intereses suelen prevalecer sobre los principios y los compromisos se juzgan por las acciones más que por las declaraciones.

Desde la perspectiva de Israel, las implicaciones políticas son claras. Mantener una estrecha coordinación con Estados Unidos debe seguir siendo una prioridad máxima, al tiempo que se evitan fricciones innecesarias. Al mismo tiempo, Israel debería adoptar un enfoque pragmático coherente con la doctrina de Ben-Gurión: mostrar flexibilidad en cuestiones secundarias, pero mantenerse firme en asuntos vitales para su seguridad nacional.

El autor es investigador principal del Instituto Misgav para la Seguridad Nacional y la Estrategia Sionista.